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Presentacion del libro por
Juan Carlos Solórzano y
Andrés Fernandez
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Monseñor Thiel en Costa Rica

Eco Católico - Mons. Thiel en blanco y negro

CANARA - Presentación del libro Monseñor Thiel (audio)

CANARA - Las visitas pastorales de monseñor Thiel (audio)

ASOGEHI - Galería - Tertulia "Monseñor Thiel en Costa Rica"

La Nación/Áncora - Un regalo de bodas - Andrés Fernández

ICOMOS Costa Rica - Palacio Episcopal (Un regalo de bodas)

 

La presentación del libro "Monseñor Thiel en Costa Rica - Visitas pastorales 1880-1901" tuvo lugar el 25 de mayo del 2009, en el Centro Cultural de Mexico en Los Yoses, San José, Costa Rica. Los comentaristas fueron el doctor Juan Carlos Solórzano F. y el arquitecto Andrés Fernández.

Doctor Juan Carlos Solórzano F.
Arquitecto Andrés Fernandez

Monseñor Thiel en Costa Rica
Visitas pastorales 1880-1901.

Juan Carlos Solórzano F.

Monseñor ThielEste libro transcribe de manera completa de las visitas pastorales realizadas por monseñor Thiel entre 1880 y 1901. Previamente se habían publicado algunas de las narraciones de estas visitas, particularmente las relativas a las regiones de frontera habitadas por los indígenas: las llanuras de Guatuso, Chirripó y Talamanca. Pero estas son publicaciones que se realizaron hace más de cien años. En el 2003, Elías Zeledón Cartín publicó su libro Crónicas de los viajes a Guatuso y Talamanca del Obispo Bernardo Augusto Thiel (1881-1895)1 y recientemente Claudio Barrantes Cartín, incluyó los viajes del Obispo a Talamanca en su libro El último cacique.2

Sin embargo, es con el libro de Ana Isabel Herrera Sotillo que por vez primera se transcriben en forma completa las visitas realizadas por monseñor Thiel a todas las comunidades del país: cinco visitas a Guatuso en la región de las llanuras del norte (zona de San Carlos actual), cinco visitas a Boruca en la región del Pacífico Sur, cuatro a los territorios indígenas de Talamanca y tres a Chirripó. El libro contiene 5 mapas en los que se detallan los recorridos realizados por el Obispo. E igualmente importantes son los 196 documentos anexos incluidos: cartas enviadas y recibidas por Thiel y otras publicaciones del Eco Católico.

El libro incluye las cuatro visitas generales realizadas por monseñor Thiel a cada una de las iglesias, capillas, ermitas y oratorios existentes en las comunidades de todo el país. Según contabilizó monseñor Víctor Sanabria, en el libro más completo hasta ahora realizado sobre el Obispo Thiel, (Bernardo Augusto Thiel, apuntamientos históricos)3 Thiel empleó tres años y once días en los viajes que realizó por todo el país, los cuales fueron realizados a pie, a caballo y en lancha.

Se iniciaron en diciembre de 1880 y el último se llevó a cabo en mayo de 1901. Sus viajes por toda la geografía del país, incluyeron la travesía de la cordillera de Talamanca, recorridos por trillos intransitables, bajo terribles aguaceros, permanencias nocturnas en lugares desolados, fríos, lluviosos y sin comida, los cuales minaron su salud. Tres meses después de su último viaje enfermó seriamente y murió poco después, el 9 de setiembre de 1901, a la temprana edad de 51 años.

Nos interesa destacar dos aspectos de su personalidad: su compromiso con los más necesitados y desprotegidos y su vocación de investigador.

Su compromiso con los más necesitados probablemente se desarrolló por el ambiente familiar. Sus abuelos eran de extracción netamente campesina. Cuando su padre se hizo carpintero constructor y se trasladó a vivir a la ciudad de Elberfeld, un centro industrial, hoy día integrada al gran centro industrial de Wuppertal, en el Estado alemán de Renania del Norte, Westfalia. Sus negocios prosperaron y pudo vivir con relativa holgura. Allí casó con Elena Hoffman, perteneciente a una familia de clase media acomodada. Bernardo Augusto Thiel nació el 1 de abril de 1850 y perdió a su madre cuando sólo tenía 6 años de edad.

La influencia de su padre fue fundamental en Thiel. Éste, desde dos años antes del nacimiento de Bernardo Augusto se había identificado con las ideas del sacerdote Adolfo Kölping, quien desempeñó en Alemania un papel fundamental en la fundación de lo que hoy día se conoce como la Sociedad Kölping, de ayuda a los jóvenes desarraigados de sus familias. El objetivo era educar y dar apoyo moral a estos jóvenes para que pudieran abrirse camino en la vida, en la convulsionada Alemania de mediados del siglo XIX, cuando miles de jóvenes expulsados del campo se refugiaban en los centros industriales, en los que carecían de protección. El padre de Thiel le brindó apoyo material para dichos logros. El padre Kölping fue canonizado en 1991 y la Sociedad Kölping es importante en Alemania, Estados Unidos, y varios países de América Latina y África.

Es probable entonces que el joven Bernardo Augusto desarrollara su vocación de servicio al prójimo por la benéfica influencia de su padre y del sacerdote Kölping. Entonces decidió hacerse sacerdote cuando cursaba su educación secundaria. Se trasladó a la ciudad de Neuss (Düselldorf) donde luego de cuatro años se graduó de bachiller en el Convento de los padres de San Vicente de Paúl, de esa ciudad y más tarde, en 1874, fue ordenado sacerdote. El lema de esta congregación era “el servicio a los pobres ha de ser preferido a todo”. Por ello, se dedicaron, al principio a ayudar a los leprosos, de ahí el nombre de “lazaristas” y “vicentinos” que se le da a esta Orden.

Bernardo Augusto solicitó su ingreso en la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl, la cual desempeñaba un papel de primer orden en las zonas de frontera en Hispanoamérica, es decir en aquellos territorios a los que no había llegado la colonización española, o bien sólo escasamente y que se encontraban habitados por indígenas que habían quedado al margen de la cristianización.

Simultáneamente, en Alemania se inició una persecución contra la Iglesia Católica (Kulturkampf) por la que muchas congregaciones religiosas tuvieron que tomar el camino del exilio, entre éstas la de los Padres Paulinos o Lazaristas. Fue así como el recién ordenado sacerdote Bernardo Augusto fue enviado en 1874 a Ecuador, para servir en el Seminario Mayor que se encontraba en manos de la Congregación Paulina.

Acontecimientos políticos posteriores, como el asesinato del presidente en 1875 y la muerte del Arzobispo de Quito en 1877, quien murió por envenenamiento en su presencia, iniciaron el camino de una serie de persecuciones contra la Iglesia Católica que culminaron con la expulsión de las comunidades religiosas en ese país. Fue así como Thiel llegó a Costa Rica, el 2 de enero de 1878, en compañía de otros dos Padres Paulinos, con la intención de que atendieran el Seminario Mayor de San José.

Dos años más tarde y a pesar de su juventud, (aún no cumplía los 30 años), fue escogido de común acuerdo por el Gobierno de Costa Rica y la Iglesia como candidato para ocupar el obispado de San José, que se hallaba vacante por los conflictos entre ambas instituciones.

Luego de ser aprobado por la Santa Sede, de nacionalizarse costarricense y de cumplir 30 años, fue consagrado solemnemente como obispo en la Catedral de San José el 5 de setiembre de 1880. Así se inició su obispado que lo tuvo como jefe de la iglesia de Costa Rica hasta su muerte prematura, 21 años más tarde, el 9 de setiembre de 1901.

Antes de referirme a su preocupación por la situación de los indígenas en sus ignotos territorios, la cual era prácticamente desconocida para el resto de la nación durante esos años, resumiré sus acciones a favor de las clases trabajadoras del país, desprotegidas en materia de salarios, jornadas de trabajo, descanso semanal, vacaciones, estabilidad laboral o en caso de accidentes de trabajo.4

En la última década del siglo XIX, al desatarse una crisis económica que golpeó a nuestro país, el obispo Thiel denunció la injusta situación de los trabajadores en Costa Rica. Se sustentó en las enseñanzas sociales de la Encíclica Rerum Novarum, emitida por el Papa León XIII en 1891, que deploraba, según lo dijo ese Papa: “la opresión y virtual esclavitud de los numerosísimos pobres por parte de «un puñado de gente muy rica»” y que preconizaba salarios justos y el derecho a organizar sindicatos (preferiblemente católicos).

Thiel publicó el 5 de setiembre de 1893, la XXX Carta Pastoral, denunciando la grave situación de las clases trabajadoras en Costa Rica. Esta fue leída en todas las iglesias en las misas del siguiente domingo a su publicación.

La Carta Pastoral señalaba las causas de la grave situación de los obreros y campesinos y proponía medidas correctivas. Inmediatamente se produjo una reacción en su contra por parte del Gobierno, por lo que Thiel defendió su derecho a intervenir en esta materia y en la defensa de sus tesis fundamentales, amparándose en la Constitución Política. En torno a su figura nació entonces el primer movimiento en favor de la Justicia Social, así como fue el obispo quien propició la creación de la Sociedad de Artesanos de San José.

Simultáneamente Thiel favoreció las obras de caridad y de beneficencia. Creó el Hospicio de Huérfanos, las Sociedades de San Vicente de Paúl para el socorro de los necesitados, el Hospital de los Incurables y Ancianos.

No olvidando su pertenencia a la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl se ocupó entonces por la situación de los indígenas en las regiones que podemos llamar “fronterizas” de nuestro país, es decir:

(1ª Región) -en el norte los Guatusos o Malekus, quienes ocupaban las extensas Llanuras del Norte (Santa Clara, San Carlos, Guatuso) prácticamente deshabitadas. Recordemos que los españoles no dominaron más allá de los volcanes de Barva y Poás. Después de la Independencia estos territorios eran desconocidos a excepción del camino del Sarapiquí, una “picada” o trillo en la selva para enviar la correspondencia hasta el río San Juan y de aquí hasta San Juan del Norte o Greytown. Sólo fue recorrida por un contingente de varios cientos de soldados enviados a tomar el río San Juan durante la Guerra de la Campaña Nacional de 1856 y 1857. Como dijimos a la zona habitada por los guatusos realizó cinco viajes, entre 1882 y 1896.

(2ª Región) -en el sur del país las regiones de Chirripó y Talamanca prácticamente eran desconocidas a pesar de que algunos exploradores habían penetrado en la región y –a partir de la década de 1860 el Estado estableció un Comandante militar en el sitio de Sipurio, Talamanca, preocupado por los avances de los colombianos en la región de Bocas del Toro y en la propia Talamanca. Pero los indígenas que ocupaban las cabeceras de los ríos Lari, Coén y el Valle de la Estrella se encontraban prácticamente desvinculados del resto del país, con excepción de los viajes esporádicos que realizaban a Orosi o inclusive a veces a vender pieles de jaguar o de venado en el mercado de Cartago. El Obispo realizó entre 1881 y 1892 cinco viajes a Talamanca, dos viajes a Chirripó. En esta región fue donde su acción se hizo sentir más fuertemente, pues a ella marcharon varios misioneros paulinos, que se establecieron en Sipurio entre 1896 y 1906 aproximadamente.

(3ª Región) -en el sur del país, al otro lado de la Cordillera de Talamanca, había grupos indígenas en las sabanas de Buenos Aires y en los pueblos de Térraba, Boruca y Cabagra. Cuatro viajes fueron emprendidos por el Obispo hacia esta región entre 1884 y 1892, que incluyeron también visitas a las poblaciones incipientes en el Golfo Dulce, habitados mayoritariamente por gente de origen chiricano y la población que luego habría de convertirse en San Isidro del General.

Todos estos viajes fueron, en palabras de Luis Ferrero “agotadoras y lentas marchas a pie, incómodas cabalgatas, penurias, picaduras de insectos, provisiones que se perdían por humedad excesiva, el baqueano o las mulas que faltaban a la cita, los ríos desbordados que lo detenían por varios días”.5 A lo que habría que sumar el peligro de las serpientes venenosas.

Los relatos de sus giras misioneras, que están incluidas en el libro de Ana Isabel Herrera Sotillo, constituyen entonces una valiosa fuente de información de primera mano para conocer la realidad de regiones como Talamanca, Guatuso y el Pacífico Sur.

Thiel inició sus visitas a estas regiones a sólo ocho meses de haber sido nombrado obispo. En el caso de Talamanca hacía cien años que ningún sacerdote había ingresado a esta tierras. En el caso de Guatuso prácticamente nadie los había visitado con excepción de los huleros procedentes de Nicaragua que intentaron exterminarlos. Y, en los pueblos de Boruca, Térraba y Cabagra, como afirma Luis Ferrero, los indígenas estaban casi todos convertidos a la fe cristiana, pero sólo ocasionalmente les visitaba algún sacerdote.

Las visitas canónicas de Thiel provocaron a fines del siglo XIX un gran interés, al punto de que generó una bibliografía muy amplia. Fueron difundidas por el sueco Carl Bovallius, el alemán Helmuth Polakowsky y el suizo Henri Pittier. Pero nunca –hasta ahora- se habían publicado de manera completa.

La importancia del libro de Herrera Sotillo radica en que constituye una especie de fotografía descriptiva de la Costa Rica de fines del siglo XIX, de gran utilidad para el quehacer histórico.

Hoy día nadie puede como lo hizo Thiel y sus acompañantes ingresar en una aldea guatusa con sus casas tradicionales y presenciar una fiesta en que hombres y mujeres de diversas edades, vestidos con pampanillas o enaguas de mastate, bailan al son de cantos propios de celebración de cosechas.

Ninguno tendría la oportunidad de que una mujer guatusa le narrara el asesinato y secuestro reciente de familiares suyos por huleros esclavistas. Nadie podría visitar la casa de un usékar en Talamanca o presenciar los preparativos de un baile de los huesos, o ceremonia funeraria en Moravia de Chirripó.

Las crónicas de monseñor Thiel no sólo reflejan la vida de los indígenas de hace poco más de cien años, sino de otras partes del país, pues nos llevan de un extremo a otro de la geografía costarricense: de Nicoya a Puerto Viejo de Talamanca, de San Carlos a Buenos Aires de Puntarenas.

En estas crónicas es posible ver como era un baile popular guanacasteco en Filadelfia o la celebración de una misa en Moín, en un contexto en donde los hombres eran casi todos protestantes y las mujeres católicas.

Es importante distinguir entre los hechos que los cronistas informan haber presenciado, cuya veracidad, en general, se puede aceptar, de lo que se interpreta de esos hechos observados. Estas interpretaciones los antropológos pueden considerarlas correctas o incorrectas, a la luz del mayor conocimiento que en la actualidad disponemos, gracias al avance de las investigaciones etnológicas y antropológicas en los últimos 100 años.

El investigador Adolfo Constenla ha explicado, por ejemplo, cómo, el que los indígenas no comieran carne de venado no derivaba de la creencia de que las almas reencarnaban en dicho animal, como lo señala una de las crónicas de Thiel, sino más bien que los dioses declararon esta carne inmunda.

Un aspecto esencial en las narraciones de los viajes de Thiel, tal como lo ha destacado el investigador Constenla, es la constante emotividad que se manifiesta ante la majestuosidad del paisaje, la que se expresa por medio de un lenguaje elaborado y literario. Tenemos por ejemplo, la descripción del río Frío y sus riberas:

Que hermosa y fresca navegación presenta aquella corriente majestuosa y solitaria. Árboles rectos y gigantescos en cuyas ramas grita la oropéndola o se mete en su colgante nido, reflejan sus sombra sobre las ondas en donde el viento es fresco y agradable. Aquellas verdes florestas sólo han sido violadas por el machete de unos pocos civilizados que viven en sus cercanías. Cañas salvajes crecen y se extienden en su orilla, mientras que grandes zacatales bordean el río cuyas aguas se deslizan tranquilas, serenas como una corriente de aceite entre dos murallas de verdes bosques.6

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En resumen, estas narraciones son valiosísimas para quienes se interesen en temas como la forma de vida de las distintas etnias en la Costa Rica de fines del siglo XIX, los puntos de vista de los sacerdotes sobre los indígenas, así como de las relaciones existentes entre las personas pertenecientes a confesiones religiosas diferentes: indígenas, católicas, protestantes. También los distintos grupos étnicos del país y el estado de la Naturaleza.

Un aspecto esencial de los viajes de Thiel a las regiones de Guatuso y Talamanca fue que por vez primera se tuvo una idea en el país de la situación de los habitantes originales en esas regiones. Fue el viaje a Guatuso el que permitió conocer el problema de la esclavitud humana en esa región y del exterminio a que estaba siendo condenado el pueblo guatuso-maleku por parte de los huleros. En el caso de Talamanca fue de gran importancia el establecimiento de una misión con padres paulinos a partir de 1896 (Krautwig, Blessing y Breiderhoff primeramente y el hermano seglar Pablo Solano Gamboa) los cuales se mantuvieron en comunicación con el obispo Thiel y defendieron a los indígenas ante los atropellos de extranjeros aventureros y del Jefe Político instalado en Sipurio desde mediados de 1880. Estos padres a su vez también generaron sus propios informes y cartas, algunas de las cuales se encuentran en el libro de Ana Isabel Herrera. También Pablo Solano habría de escribir cincuenta años más tarde sus memorias de la misión en Talamanca. Cabe mencionar que este año también ha sido publicado un libro que constituye un complemento de las Visitas Pastorales. Me refiero al libro de Claudio Barrantes Cartín, El último cacique. Talamanca, siglo XIX, el que recomiendo vivamente al igual que el libro de Ana Isabel Herrera.

Un último aspecto al que me voy a referir es hacer una breve presentación de los trabajos de investigación histórica, antropológica y filológica realizados por Bernardo Augusto Thiel.

Cuando fue expulsado de Costa Rica, e inició su exilio, a mediados de 1884 (habría de regresar en mayo de 1886) expresó haberse “ocupado de la historia, etnología y demás ciencias de cuanto tocan a nuestra patria de Costa Rica, y hemos procurado enriquecerlas e ilustrarlas en nuestro trabajos”.

Entre 1896 y 1901 pudo así publicar los Datos cronológicos para la historia eclesiástica de Costa Rica, en la Revista por él fundada, El Mensajero del Clero. Este trabajo quedó incompleto pues se interrumpió por su muerte en este último año. Comprenden desde 1502 hasta 1778. Contiene valiosa información relativa a bautismos, confirmaciones, matrimonios, defunciones y personal de las órdenes religiosas, además de las cofradías y relaciones sobre la población indígena en los lugares donde los frailes franciscanos habían fundado pueblos de misión durante el período colonial (Orosi, Talamanca, Quepo, Boruca, Térraba, Cabagra). Este trabajo es esencial para los investigadores de los pueblos indígenas de las regiones fronterizas.7 Se le ha criticado por no poner las fuentes de su información pero es que su publicación probablemente tuvo un carácter provisional. En 1983 por la Comisión de Conmemoraciones Históricas realizó una reimpresión facsímil de este estudio que salió periódicamente.

Otras dos investigaciones de monseñor se publicaron a fines del Siglo XIX, cuando el Gobierno incluyó al Obispo Thiel en una comisión que llevó a cabo la publicación del extraordinario libro Revista de Costa Rica en el Siglo XIX. Allí se incluyen dos trabajos de investigación histórica: Monografía de la población de Costa Rica en el siglo XIX, primer estudio de historia demográfica realizado en el país y La Iglesia Católica de Costa Rica durante el siglo XIX.8 Primera historia de la iglesia de Costa Rica. Importante destacar que, previamente, para mejor disponer de esta información, Thiel implantó nuevos y prácticos sistemas en el manejo de los libros y registros eclesiásticos.

En la disciplina de la Arqueología, que apenas daba sus primeros pasos, cabe mencionar su colección de objetos de arte indígena con los que formó una recopilación en el Palacio Episcopal. Parte de estos objetos fueron expuestos en el Vaticano y más tarde en la Exposición Americana de Madrid en la conmemoración del IV Centenario del Descubrimiento de América. Más tarde también participó en la Exposición de Chicago. Esta colección o lo que queda de ella está en el Seminario.

En noviembre de 1882 publicó los resultados de sus investigaciones filológicas sobre las lenguas indígenas: Apuntes Lexicográficos de las Lenguas y Dialectos de los Indios de Costa Rica, relativos a lenguas y dialectos de Talamanca, Térraba y Boruca, así como la lengua de los guatusos, con un apéndice de las palabras más usadas en Costa Rica de origen indígena y otras que se encuentran en documentos antiguos.9 Este era probablemente el Lexicón al cual se refieren las narraciones de las visitas pastorales.

Thiel también fundó la Biblioteca Episcopal, la cual en su mejor época contó con más de diez mil ejemplares, parte de la cual, luego de la destrucción de gran número de libros en 1951, se encuentra en el Seminario.

Se puede considerar también a Thiel como el creador del Archivo de la Curia Metropolitana, pues fue él quien ordenó los viejos papeles de la Curia y ordenó el traslado de los registros parroquiales a la sede de la Curia Metropolitana. Hoy día este archivo es fundamental para los investigadores y allí precisamente se encuentran –en forma manuscrita- las visitas pastorales transcritas en el libro de Ana Isabel Herrera.

También es importante destacar que Thiel fue el fundador (en 1882) de la revista El Mensajero del Clero, órgano oficial de la Iglesia, que incluyó artículos teológicos y de formación espiritual y pastoral. Al año siguiente apareció por vez primera El Eco Católico, publicación aún hoy día existente.

Thiel fue también presidente de la Sociedad de Estudios Americanistas de Costa Rica y mantuvo estrechas relaciones con los más destacados intelectuales de su época en Costa Rica pero también en el extranjero. Fundamental fue su amistad con el historiador León Fernández Bonilla y con Anastasio Alfaro, el primer “arqueológo empírico” de nuestro país.

A pesar de los conflictos al principio tuvo con los poderes de la república, a su muerte el Poder Legislativo lo calificó “uno de los principales factores de nuestra civilización” y el Rafael Yglesias Castro lo calificó de “sabio”. Finalmente también se le declaró Benemérito de la Patria.

El libro de Ana Isabel es no sólo importante por llenar un vacío de la producción de este insigne costarricense, que escogió nuestro país como su patria de adopción, pues sólo ahora los lectores podrán tener en forma impresa y fácilmente disponible esta “fotografía” de como era Costa Rica hace aproximadamente 100 años.

Por otro lado constituye un homenaje a este ilustre personaje, un verdadero “hombre del Renacimiento” y también “nuestro Humboldt”, podríamos decir, que hizo tanto en sus 21 años al frente de la Iglesia de Costa Rica, época que Ricardo Blanco Segura ha calificado como la Edad de Oro de la Iglesia en Costa Rica.

No olvidemos tampoco que su muerte a una edad prematura fue el precio que tuvo que pagar por haber realizado sus agotadores viajes a los más recónditos lugares de nuestra patria. Imaginémonos cuanto más habría producido este extraordinario hombre de haber tenido la oportunidad de vivir diez o veinte años más, pero ese fue su sacrificio y gustoso marchó a encontrarse con su Dios.


1 Elías Zeledón Cartín (compilador), Crónica de los viajes a Guatuso y Talamanca del Obispo Bernardo Augusto Thiel (1881-1895), Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2003.

2 Claudio Barrantes Cartín, El último cacique. Talamanca, siglo XIX. Editorial Universidad Estatal a Distancia, 2009.

3 Víctor Sanabria Martínez, Bernardo Augusto Thiel, Editorial Costa Rica, 1982.

4 Gustavo Adolfo Soto Valverde, “Monseñor Bernardo Augusto Thiel Hoffman”, en: Revista Acta Académica, Universidad Autónoma de Centroamérica (Nicaragua), noviembre de 1999.

5 Luis Ferrero Acosta, en: Elías Zeledón Cartín, op. cit., p. 28.

6 Citado por Adolfo Constela Umaña, en: Elías Zeledón Cartín, op. cit., p. ix.

7 Ricardo Blanco Segura, en: Elías Zeledón Cartín, op. cit., p. 12

8 Juan Rafael Quesada Camacho, Historia de la Historiografía Costarricense 1821-1940. Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2003., p. 364.

9 Luis Demetrio Tinoco, en: Elías Zeledón Cartín, op. cit., p. 24.

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Monseñor B. A. Thiel, o el re-nacimiento
de un renacentista en Costa Rica

Andrés Fernández

En su acepción usual, el término “Renacimiento”, devenido de la expresión italiana rinascita, significa e implica la acción de re-nacer, esto es, de volver a la vida. Al parecer, el primero en utilizarlo fue el gran Giovanni Petrarca, poeta cristiano que en su dulce búsqueda de lo nuevo, se encontró de frente, nada amargo, frente a la vieja herencia de lo grecorromano.

Revalorada la palabra por el teórico Giorgio Vasari, ésta derivó, en el mismo momento histórico en que tenía lugar el acontecimiento, en el italiano Rinascimento para caracterizar al movimiento que en el siglo XVI, determinó una nueva concepción del hombre y del mundo, fruto de la difusión de las ideas del humanismo, que unía al cristianismo con la cultura clásica.

Así, curiosidad desprejuiciada, la del hombre renacentista todo lo abarcaba: eran filólogos y filósofos, poetas y prosistas, pintores y escultores, científicos y traductores, ingenieros y arquitectos, músicos y astrónomos, descubridores y conquistadores, hombres de iglesia y de guerra, santos y pecadores… en fin, humanos a quienes nada humano les era ajeno. Época magnífica pues, se ha dicho luego que antes y después, ha tenido réplicas en la historia de Occidente, y ¿por qué no -pregunto hoy yo- incluso más recientemente?

Y me lo he preguntado desde hace años ya, cuando estudiando la historia patria me encontré con la figura magnánima de un señor que obispo, más parece bien visto, un príncipe del Renacimiento italiano aquel, un hombre cuya curiosidad nos remonta al siglo XVI, al humanismo puro porque cristiano, no importa cuán profano su múltiple interés. Ese es para mí, Monseñor Bernardo Augusto Thiel, pastor del nacional rebaño tras la primera vacante que dijera su intenso cuanto extenso biógrafo, Monseñor Sanabria, que tanto se inspirara en él.

Por eso no es de su biografía, de sobra conocida o al menos accesible, que voy a compartir con ustedes esta noche; sino de lo inédito hasta ahora de su obra, de lo complejo y completo de su documentada vida de Obispo, que es lo que el libro de Ana Isabel Herrera Sotillo trae de nuevo de allá: no del olvido ciertamente, pero sí de los archivos que tan bien conservan vivo, ese extraordinario acervo vital del más vital de los católicos pastores que este país ha tenido, insisto. Y lo hago porque quien lea la obra referida, se dará cuenta nomás empezar, de esa vitalidad, al parecer sin límites, que parece inspirar la insuperable inquietud del Obispo, no sólo por la salud espiritual del pueblo a él encomendado, sino también por todo cuanto a ese pueblo competía en tanto que grupo humano.

De entrada, ofrece el texto una reseña biográfica de Thiel por el doctor Juan Carlos Solórzano, que pone de relieve su histórica figura relevante de por sí, mientras coloca en su justo lugar historiográfico el trabajo de erudición compiladora de Ana Isabel Herrera. Luego, encontrara expuestos los motivos humanísticos de la autora, para adentrarse en tan ardua como extensa tarea de ubicación, transcripción, ordenamiento y edición de los cientos de viejos pliegos, que pueblan los piélagos de la memoria de papel que son estos fundamentales documentos.

Una vez llegado a ellos, verá el lector -de frente o en escorzo- a Monseñor Thiel de cuerpo entero y de alma lleno, entregándose a la labor prodigiosa para sus condiciones y su tiempo, de ordenar la diócesis completa en su compleja geografía; de suscitar la ira de los gobernantes liberales por ser la social voz de los sin voz, y clamar por la justicia; estudiar el pasado en los eclesiales documentos, para crear noticia demográfica de nuestro pueblo más allá de la estadística; llevar el evangelio de viva voz a los pueblos indígenas del interior, y para eso estudiar sus lenguas precolombinas; reconstruir y publicar la historia de la Iglesia en Costa Rica a partir de fragmentos cuidadosamente hilados porque aislados; pero ante todo y sobre todo, re-correr, viajar sin excepción y por los medios que fuera, el territorio de la República toda en sus prolongadas cuanto dificultosas visitas pastorales, objeto y fin de este voluminoso y valioso trabajo.

Y es ahí donde se despliega, ante quien se atreva a desplegar estos pliegos tan bien publicados por la Editorial Tecnológica de Costa Rica -en un acierto más de su ya extensa labor cultural-, toda la riqueza en que se aprecia la inquietud intelectual de aquel hombre magnífico. Las crónicas, muchas de su mismo puño y letra, detallan de cada iglesia, capilla, ermita u oratorio visitado, todo: desde los ornamentos consagrados o no, hasta los aciertos y desaciertos de su estado o de su arquitectura, de la que el señor Obispo se muestra también conocedor. Y lo mejor: junto de aquellas construcciones materiales, nos deja agudas observaciones de la construcción social que las respalda, de los pueblos que les dieron vida o empezaban apenas a dársela; deja constancia de las actividades económicas y productivas de sus habitantes, de sus costumbres religiosas en sus vicios y virtudes, de la topografía o el clima que las acoge, comunidades en ciernes o ya consolidadas. Mas su curiosidad re-nacentista trasciende a su vez.

De los libros parroquiales que encuentra, alaba o reclama el padre responsable, el orden o las faltas con que los lleven sus putativos hijos; a cuanto lugar llega introduce o refuerza el Catecismo, la Primera Comunión, la Confirma y cuanta práctica religiosa u organización social considerase pertinente a la salud de su grey espiritual: no se le escapaba detalle al Obispo. Aquí, que la custodia debe componerse, que se dore el cáliz de nuevo, que se renueven las blancas ropas para el servicio de la misa, que se cierre bien el atrio para que los animales no entren, y que tal señor cura lleve una vida ajustada a los santos cánones, sin permitirse licencia alguna… allá, que se haga el toque de campanas al Ángelus, que se someta a precepto el amancebamiento de algunos, que se organice de una vez la junta edificatoria de tal iglesia, y que se ataje con firme diplomacia y sabia prédica, al protestantismo en creces.

En esos viajes apostólicos en mula o a caballo, Monseñor humano, a veces se cae; navegando, se distrae en la belleza del paraje natural que lo circunda junto a sus acompañantes; si a pie y hay que abrir trocha, no le tiembla la mano para tomar el machete y abrirse la propia; igual duerme en la casa de un gamonal si es pueblo, que en la de un hacendado si es campo lo que toca, pasa la noche igual en un palenque indígena, que a la vera de una gran roca donde la noche topa a su comitiva. Porque lo que no se cuestiona nunca el humanista, es el objetivo de su comisión eclesial y su misión evangelizadora: llevar adonde corresponda, la palabra de Dios.

Para ello, igual cruza en bamboleo Su Ilustrísima puentes de hamaca, que viaja en tren, así estén a punto de quemársele sus galas de prelado, por haberle en mala suerte tocado viajar en el carro de la leña y cerca de la hornilla del carbón… porque nada, nada ni siquiera el destierro aconsejado e impuesto por el feroz guatemalteco Montúfar -que la índole de nuestro liberalismo siempre fue otra-, fue capaz de frenar el ímpetu apostólico del señor Obispo. Su salud, sin embargo, sí parece haberse resentido de tanto y tanto trajín como el aquí narrado y del que da buena cuenta la obra que reseñamos; y quizá por eso mismo, nos dejo joven aún y huérfanos todavía, Su Señoría Ilustrísima Monseñor Thiel, en 1901.

Por eso su legado escrito, amplio y variado como su curiosidad de santo prelado, se adentró pionero además en los campos científicos de la historia, la etnografía, la arqueología, la demografía, la geografía y en lo que hoy denominamos de modo muy general, los estudios culturales: porque quienes busquen en estas páginas cargadas de vida, vívidos testimonios, los encontraran también de culinaria y de arquitectura, de las mentalidades y las costumbres, de las estructuras sociales y de las creencias religiosas, y así de tantas otras cosas de los grupos humanos con que entró en contacto el Obispo, y que por humanos, no le fueron ajenos jamás en lo absoluto.

ThielEs por todo lo dicho, que en mi opinión la obra del hombre renacentista que fue Monseñor Thiel, re-nace hoy para nunca más dejar a los costarricenses, como nunca más nos dejó ayer a los occidentales la antigüedad grecorromana, ni su judeocristiana continuidad. Y que esa labor extraordinaria, humanista otra vez porque cristiana y profana a la vez, hemos de reconocer, se la debemos a Ana Isabel, que en su erudito acierto tanto como en su aplicada fe, pone a disposición del público costarricense lo que de público dominio debería y, a partir de ahora, debe ser: el viejo testimonio y el testamento nuevo de este señor que obispo, fue príncipe de nuestra Iglesia porque la hizo re-nacer, y fue también príncipe del Renacimiento en espíritu inquieto y en activa devoción, en combativa posición y en constructiva acción; un hombre para quien no hubo barreras ni fronteras que no fueran dignas de cruzar una y otra vez, para llevar a su rebaño la buena nueva de su creencia y de su Iglesia, la ley.

Quedan pues publicadas de una vez, las epístolas y andanzas de este apóstol en que, de la suya o por interpósita mano, expone él los hechos por los que es y será juzgado por la posteridad, que de su alma pura ya habrá dado sana cuenta el Creador. Queda en nosotros hoy utilizarlos como lo que son, hacer re-nacer con ellos nosotros también, parte del pasado que encierran, libro abierto hacia el mañana, legajo hacia lo por-venir… como seguramente hubiese hecho con obra semejante, el mismo Monseñor Bernardo Augusto Thiel.

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